He aquí una oportunidad brillante para volver a pensarlo. Para rehacer las telas que sostienen tanto peso. Tan drástico y tan crédulo, he rehecho los dientes del dolor, ya no muerde ni sonríe. He esculpido sus ojos, más bien los he escupido, desorbitados, desorientados y desvelados, ahora ya no son más que ojos de cansancio.
Y ahora que he pisado la alfombra de tu casa, mi tesoro se esclareció como espada, esas de cuentos, me siento caballero, no de los que dan la pasada; sino de los que atacan. Mi sonrisa de amabilidad también es de lujuria, de esa que amo y no retracto. Porque prefiero decirlo después del hola y no confesar hipocritamente entre tus piernas. He aprendido a seducir con la verdad.
Porque no caben pistolas ni armas de fuego en este campo de batallas. Por favor, hazte desaparecer con un arco y una flecha, entre las rocas y el agua; que aquí peleamos con las manos atadas y los filos en las mejillas.
lunes, 12 de enero de 2015
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