Diagnosticado, tratado y dejar de tratar es el tabú de una vida criminal. Ahorrar tiempo, como quien junta dinero. Así es como se ve el rostro de alguien a través de un vaso con olor a ron y un frío en las manos, característico a esas horas de la noche. Sufrir el transcurso de la vida, siguiendo el eterno camino quebrantado, que la atenta sociedad de amantes de la vida exige con alfombra de color rojo, que les pinten el camino, que les sirvan una copa de vino tinto y escuchar las noticias del canal católico. Usurpar la felicidad ajena, correr en círculos para que tus hijos también lo hagan. Comer pasto diciendo que las vacas no vuelan y sincerar a los monos de su animalidad. Mientras que la psicodelia amante del trastorno, corra por una mochila llena de cartas que ningún padre quisiera oír.
Es trotar, es dar vueltas, es rendirse y que te paren de una sola palabra, es comer de los dedos lo que me complica sentarme todos los días. Ayer quise rendirme, hoy quise rendirme y no me lo permiten, obviamente es de las decisiones que nadie respetaría o nadie te aplaudiría. ¿Qué tan loco puede estar uno? cuándo aplaudirán ser feliz sin seguir el método de la felicidad; del llegar y llevar.
¿ Cómo querer cometer una asesinato contra uno mismo ?
Ni siquiera la mente de este loco rojo tiene una respuesta estética.
Quiero hundir mis manos, pero mis manos se hunden cuando mi cuerpo entero ya lo está; como cuando me preguntaron quien era: Simplemente pensé en el ambiente verde, templo y un cuerpo desnudo sin alma; quien flotaba era un pedazo de yo, un pedazo de alguien sin alma.
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