Parafraseando algún texto que no leí, me cuentan, supe algunos trazos ajenos a la distancia, corroe mis amígdalas de tanto desgritar. Aúllo, me escapo y observo con imaginación. Problemas de otros.
Pero aquí, después de todo, fue un orgullo la capacidad de arrepentirme. Qué será de todo lo vivido, lo sostenido, inentendible y la conversación. Después de todo, unos cuantos cariños menos, no cesan y me pongo explicar, frente a la multitud, que tenía pena, que soy imbécil y se me nota.
Esperaba esa mano, el quédate acá, evitar lo ridículo.
Valeroso e intrépido, culposo y odiado. Se alejan las naves, con los muebles, las plantas. Espero recuerdes las plantas y mi estúpido plan de que trepen la pared. Raíces en las paredes, raíces de nosotros que no se despegan de la pared, se aferran. La misma pared que perforaste, pese a lo imposible, ese concreto nos recordará.
Nos recordarán, porque no paro de recordar, la pared, las plantas, el sonido de tus pasos, el cierre de tu puerta. Tu puerta no se cerraba, pero recuerdo su sonido.
En cierto aspecto, conozco el desenlace, veo ese ojo, inquieto y oculto, detrás de la ropa de tu armario. Armario, porque ahí habían armas para la solución masiva de la gente que te espera. Porque sí, el mundo sigue esperando, tu solución, la conversación y esa moderación aprendida tan importante.
Debo decir, aunque el deber no se constituya, que el gesto de desdén me miraba a mí y que lo espero, nuevamente, el celeste de despedida, el azul eléctrico de tu pelo, que se despierta a quién se despide. Me imagino que lo entiendes.
A diferencia y en igualdad, aunque no es romanticismo con la vida, mucho menos con la supervivencia, las plantas, la pared perforada, los recuerdos, los vidrios limpios y nuestros amigos frente a nosotros, nos echan de menos, querido. Porque yo extraño y lo extraño de todo, es que se desmoronan estos hombros, se caen las manos, los ojos se juntan en el cielo y se siente tanto dolor, Joseto, se siente mucho dolor.
En si mismo, el capullo que se forma rozando mi piel, desteñido de mi piel y a oscuras con la oscuridad. Ese cambio inefable, ese trayecto grotesco y el incierto destino de un disparo al vacío. Yo miro el precipicio con desgano, la succión que arrastra mi cabeza hacia las vías cotidianas del subsuelo me inquietan en vano. Sin embargo, sospecho del susurro, de ese deseo que les contaste, de ese secreto, un gesto arcano y, sin ánimo de ofender, envidiado por los malabares de los huesos al dislocarse.
Se presentan los familiares, nos hablan del vacío, del silencio, de la inquietud que trae la calma. El secreto de la carne transgredida. Las montañas no visitadas, el canto del pájaro no distinguido y un búho echándose a volar, sin haber enseñado su sabiduría.
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